Cuando el morado despierta los caminos
Dicen que cada 2 de noviembre, cuando el sol baja con dulzura y el aire se vuelve frío como un susurro antiguo, la tierra ecuatoriana recuerda su propio pulso. Yo lo aprendí de mi abuela, que calentaba el fogón antes del alba y dejaba que el olor a ishpingo, clavo y canela ascendiera como una plegaria. “Así llaman a los que vuelven”, decía, removiendo la colada morada con paciencia de río. En su voz se abría una puerta, y del otro lado el país entero caminaba hacia la memoria.
Antes del nombre cristiano
Mucho antes de que los frailes anotaran la fecha en el calendario y la nombraran Día de los Difuntos, los antiguos ya hablaban con sus muertos. Sabían que la vida brota de la tierra y a la tierra retorna; sabían que no hay frontera, sino tránsito: el ukhu pacha, el mundo de adentro, responde cuando el kay pacha, el de aquí, lo llama. Entonces subían a las lomas, miraban los cerros —Cotopaxi con su aliento de nieve, Imbabura asentado como un abuelo que siempre escucha— y agradecían a la Pachamama por sostener el aliento de los ausentes. Ponían mesas de tierra, derramaban chicha, dejaban granos tostados para que la sombra también comiera. “El hambre de un muerto se honra con el recuerdo de un vivo”, repetían.
El encuentro de nombres y rezos
Luego llegaron los plegarias nuevas, los altares con santos, la campana que convoca el 2 de noviembre. No hubo pelea larga; hubo un acuerdo con silencios. El rezo en castellano buscó lugar al lado del canto en kichwa, y el pan de trigo aprendió la forma de la infancia, porque los niños son el puente más breve entre mundos. Así nacieron las guaguas de pan: pequeñas y doradas, con sus ojitos pintados en azúcar, algunas rellenas de guayaba o de dulce espeso, como si llevaran adentro un secreto tibio. El pueblo entendió que el corazón no se divide; se ensancha. Y el nombre cristiano abrazó el sueño antiguo sin apagarlo.
Pan de niños, memoria de los mayores
Cuando el horno de adobe se abre, el calor golpea la cara como una bienvenida. Las guaguas salen con ese brillo leve que anuncia lo comestible y lo sagrado. Mi abuela las alineaba en la mesa, les hacía un trazo de color, una flor en el pecho, un rulo en la frente. “Cada una tiene quien la espera”, decía, y llamaba por su nombre a los ausentes, a los que ya no tenían voz pero sí apetito. Yo alzaba una, suave como un aliento, y me parecía sostener una pequeña historia, un pedazo de ausencia vestido de pan. Entonces comprendí que la ternura también alimenta.
La colada que tiñe la lengua
En la olla grande, la colada morada se volvía noche. Caían las frutas que son estrellas de otra constelación: mortiño que estalla como un pequeño corazón púrpura, mora que deja un rastro en los dedos, naranjilla que perfuma la memoria, trozos de piña que chisporrotean. La harina de maíz espesa el tiempo, y el ishpingo —esa canela que solo nace aquí— abre un corredor de bosque. Cuando la lengua se tiñe de morado, uno recuerda que la vida también pinta. Y que el color del duelo puede ser sabroso, como una lluvia que riega la ausencia para que florezca.

La caminata hacia los que esperan
La tarde se detiene un momento cuando entramos al cementerio. Las voces se vuelven terciopelo, los pasos, hojas. Cada familia limpia la piedra, arregla las flores, deja un vaso, un trozo de pan, un tazón humeante. Se conversa en voz baja, no por miedo, sino por respeto a un visitante que llega cansado. Yo he visto cómo mi tía le habla al abuelo de los sembríos, de la cosecha que aguantó la helada, de la lluvia que ahora sí llega a tiempo. He visto cómo se comparte la colada alrededor de una tumba, y cómo la cucharada se vuelve vínculo. Ese día, los vivos comen para que los muertos recuerden el sabor del mundo, y los muertos responden con una brisa que ordena los pasos.
El origen que no termina
El principio no es un punto, sino una hebra. Un día, cuentan, una madre que había perdido a su bebé moldeó un pan con cariño para conjurar el silencio. Lo vistió con color, le habló como se habla a la semilla que aún no despierta. Otra familia la imitó, y otra más, hasta que el pueblo entero horneó guaguas para amasar su dolor con esperanza. A la vez, en una chacra apartada, un anciano decantó la noche en una olla, mezcló el maíz con frutos morados y entendió que lo denso es puente. Desde entonces, cada año es un nudo más en la cuerda que une dos orillas: la de los que respiran y la de los que vigilan.
De la sierra al litoral, de la casa al cerro
He visto mesas tendidas en patios serranos donde el frío pule los huesos, y también en tierras costeras donde el aire tiene sal. Cambian los acentos, se afinan los sabores, pero el gesto es el mismo: convocar a los suyos alrededor de una taza morada. En algún lugar hay música quedita; en otro, una abuela reza con los ojos cerrados. Alguien coloca una fotografía; alguien vierte la primera cucharada en la tierra porque la Pachamama no se sienta a la mesa, pero come. Y ahí está el país, entero y diverso, enlazado por el mismo acto: recordar con el cuerpo y con la boca, para que el recuerdo no se evapore.

Lo que permanece
Ahora que soy yo quien remueve la olla, siento el mismo perfume a madera y a bosque. Comprendo lo que mi abuela no explicó: que el Día de los Difuntos no nació en un solo sitio ni en una sola lengua. Nació cada vez que alguien, frente a la muerte, eligió hablar, cocinar, compartir. Nació en la mezcla paciente de lo que llegó y lo que estaba, en la fe que aprendió a cambiar de traje sin mudarse de corazón. Nació como nace el pan: con manos, con tiempo, con un calor que despierta.
Cuando reparto la colada morada entre los míos, miro el vapor y leo en él los rostros que me faltan. Les ofrezco un sorbo, les cuento del año, les pido consejo. Y mientras el cielo se pone violeta y la primera estrella despierta, siento que el mundo queda completo un instante. Es el milagro sencillo de esta tradición: los vivos y los muertos se reconocen, los cerros respiran más hondo, la casa parece un templo. Entonces entiendo que el origen no está atrás, sino aquí, cada vez que el morado vuelve a hervir y el pan vuelve a dorarse. Y murmuro, con una gratitud que me llena el pecho: están con nosotros. Siempre han estado.



