El Origen Azteca del Día de los Muertos
Dicen los abuelos, y yo repito lo que heredé como quien sopla sobre una brasa antigua, que hubo un tiempo en que los muertos y los vivos no se acercaban ni por sueño. Cada quien andaba su camino sin cruz de por medio: el nuestro caliente de sol y maíz, el suyo profundo, sin estaciones, con su propia música de silencio. Y que fue una muchacha mexica, de manos morenas y ojos atentos, quien aprendió a trazar el puente.
La conocieron como Yolotzin porque guardaba el corazón bien plantado. No buscaba romper el orden, sólo cuidar la memoria de los suyos. Cuando su madre murió —y aquí no afirmo historia, digo mito, palabra que crece en la boca de los viejos—, Yolotzin llenó su rebozo con flores de cempasúchil. Eran soles pequeños, levantados del barro después de la lluvia. Su olor era una campana de miel y tierra que podría tocarse, como si cada pétalo tuviera su propia luz guardada.

Esa tarde, con la paciencia de quien deshila el tiempo, fue dejando los pétalos desde la puerta de su casa, por el patio y la calle, hacia las afueras del pueblo, donde el mundo empieza a volverse otro. Encendió copal, y el humo subió recto y después danzó, torciéndose como pluma en el aire. “Sigue el olor, madre”, dijo, y el copal respondió con su lengua de resina, clara, limpia, como si fuera un rastro que no se ve pero guía.
Yo he olido ese copal: atraviesa la piel y se acuerda por ti.
Las ancianas le dijeron: si sigues ese camino no hay vuelta fácil. Porque el Mictlán —así lo entendían nuestros antepasados— no es un sitio de improviso, sino de esperas y pruebas. Allí reinan Mictecacíhuatl, Señora de los Muertos, y Mictlantecuhtli, Señor de la Tierra de los que ya no respiran. No son verdugos ni sombras hambrientas, sino guardianes del equilibrio. Yolotzin no entró con desafío, entró con respeto. Así hay que caminar cuando se toca lo sagrado.
El Mictlán no se abre con puerta. Se hace noche a tu alrededor, una noche que no pesa, sólo ordena. Yolotzin sintió en la cara el viento que corta, oyó susurros de río abajo de la tierra. La luz del cempasúchil no se apagó, se volvió más parecida a una estrella. Mictecacíhuatl la miró con ojos donde caben lagunas. “¿Qué buscas, niña que trae el sol en las manos?” La muchacha respondió: “Busco cuidar el recuerdo. No pido retener la vida que ya terminó, sólo pido que la memoria no se marchite del lado de los vivos.” Mictlantecuhtli habló entonces, su voz como roca que se dobla: “La memoria no tiene piernas si no le haces camino.”
La Señora de los Muertos se inclinó sobre los pétalos y aspiró su perfume. El copal le rozó el rostro, y el humo hizo un gesto como de saludo. “Ese olor —dijo— abre puertas dentro de la noche. Trae consigo la intención de quien ama, y esa intención pesa.”

Yolotzin escuchó eso como quien escucha el primer nombre de las cosas. “Déjame, Señora, dejar cada año un camino”, dijo. “Que los nuestros sigan la luz de estas flores, que el aroma del copal los guíe, y que el corazón que espera no se quede ciego.” Los Señores se miraron con un silencio que era antiguo incluso para ellos.
“Si pides, ofrece”, respondió Mictecacíhuatl al fin.
“Los que caminen querrán un trago: deja agua para la sed larga. Y la vida recordará la vida sólo si comparte: deja alimento. La tierra reconoce su propia sal: deja un poco, para que el cuerpo recuerde su casa. La noche no ve si no le prendes una chispa: deja luz. Y da nombre a quien esperas, porque los sin nombre se pierden: deja un rostro.”
Yolotzin regresó con su petición prometida. No tenía panes entonces como los conocemos. Dicen —y otra vez digo mito— que en aquellos tiempos dejó tortillas recién infladas, maíz tostado, un poco de cacao.
Con el paso de los siglos, al hablar de esta historia, las manos fueron sumando: hoy ponemos pan, que es abrazo tibio; ponemos sal, para que el mundo no se olvide; agua clara, para que la garganta de los que regresan no sufra; y velas, blancas como las nubes del mediodía, para que alumbren desde afuera y desde adentro. Sobre la mesa acomodamos un retrato, porque el tiempo inventó sus propias formas de guardar caras. El retrato dice: te esperamos con tu nombre completo, con tus cicatrices y tu risa.
Esa primera noche, dicen, el humo de copal fue columna, y el camino de cempasúchil se volvió lengua de fuego manso. La madre de Yolotzin llegó como llega el viento cuando amas: no para arrasar, sino para rozar los bordes. Sentó su sombra junto a la ofrenda y tomó un sorbo de agua; pasó dos dedos por la sal y sonrió. La velita titiló como si conversaran. Hay quienes juran haber oído el crujir de un bocado, la risa de madera de una mesa vieja.

Desde entonces, los abuelos guardaron pequeñas calaveras, no huesos, sino figuras que hacen memoria: talladas, pintadas, dibujadas en papel. Calaveras que recuerdan el rostro que ya no está y que nos enseñan a reír ante lo inevitable. No una risa que burla, sino una risa que reconoce: somos camino, somos semilla, somos el mismo polvo que florece. Cuando los niños las sostienen y les ponen nombre, están diciendo: no te fuiste del todo, sigues en la lengua que te nombra.
Así nació —en la voz de los viejos, en la corriente de la tradición— la costumbre de tender un puente entre las casas y el Mictlán. Mictecacíhuatl y Mictlantecuhtli no abrieron un portón definitivo. Dijeron:
“Cuando el campo de cempasúchil se tiña de oro y el humo del copal suba sin prisa, cuando el mantel reciba pan, sal y agua, y la luz no tiemble de miedo, entonces los caminos se tocarán. No vengan con gritos; vengan con memoria.”
Por eso, muchacha, muchacho, cuando extiendas los pétalos esta tarde, no los cuentas: los vas soñando. Coloca el pan sin prisa, como si se lo ofrecieras a tu propio corazón. La sal tómala con respeto, deja que brille sobre el mantel. Llena el vaso de agua hasta que el vidrio se vuelva espejo del cielo. Enciende las velas diciéndoles por su nombre a los que esperas. Y de frente, el retrato: puede ser fotografía, puede ser dibujo, puede ser la silueta en tu memoria. Pon también tus calaveras de risa clara, para que los miedos se sienten al lado y aprendan a escuchar.
Cuando llegue la noche, el olor del copal te encontrará primero a ti. Verás cómo se estira el humo, cómo abre la puerta del aire. No esperes grandes milagros; escucha los pequeños: el crujido de los pétalos bajo las sandalias de quien vuelve, la sombra que parece más gruesa, la vela que late como corazón. Si te visita el llanto, déjalo un poco, pero no lo alimentes.
Recuerda lo que acordaron los Señores: venimos a compartir la memoria, no a pedirle cuenta al destino.
Y si alguien te pregunta de dónde viene este día, dile con la calma de quien cuenta lo que ama: viene de un pacto de amor y equilibrio, de flores que son soles, de un humo que guía, de una mesa tendida. Viene, dicen los abuelos, del Mictlán a tu patio, cruzando el tiempo por un camino de pétalos. Y mientras lo digas, el puente seguirá vivo.


