Junto al fuego
Escuchen, hijas e hijos de la altura, arrímense a las brasas que crepitan como si contaran estrellas. Esta historia me fue entregada por mis mayores, y ellos la escucharon de otros antes. No la confundan con registro ni con fecha: es tradición oral que viaja zumbando entre pajas de ichu y vuelve en las noches frías a templar el corazón.
Habla de un cóndor, señor de los abismos, que por amor se volvió hombre; y de una pastora, hija del viento, que aprendió el peso y la levedad del querer. Que las montañas, los apus guardianes, nos sean propicias mientras la cuento.
El vuelo que rasga la mañana
Amanecía sobre la puna y el mundo parecía recién lavado. Los bofedales respiraban neblina y los nevados ofrecían su frente al sol. La muchacha pastoreaba sus llamas con paciencia antigua, replegando con su lliclla los hilos de la mañana. Cantaba un huayno bajito, no para ser oída sino para hilar compañía con el silencio. Entonces cayó una sombra larga, del tamaño de un recuerdo inmenso. Era el cóndor, el de cuello de nieve y ojos hondos como lagunas. Giró una, dos, tres veces, y el aire, obediente, se volvió círculo bajo sus alas.
Dicen que el cóndor no mira como miran los hombres; ve la forma de los silencios y la edad de las piedras. Vio en la pastora un temblor de luz, un coraje de puma y una dulzura de agua mansa.
Entonces decidió bajar, pero no como pájaro: descendió como quien apaga un relámpago en la palma y lo guarda para sí.
El cóndor se vuelve hombre
Lo vieron llegar al filo de la tarde, vestido de caminante. Traía poncho oscuro con brillos de montaña, un sombrero de ala ancha y la sombra de una pluma atravesándole la espalda. Sus ojos, eso sí, eran de altura: negros y claros a la vez, como una noche con luna. Saludó con respeto, ofreciendo un k’intu de hojas de coca, y pidió permiso a la tierra. La muchacha sintió que el viento cambiaba de dirección, como si se hubiera abierto un camino secreto.
Él habló con voz de piedra templada por sol. Dijo que venía de muy lejos, de donde la nieve cuenta historias al silencio, y que la soledad le pesaba como charqui viejo. Ella respondió con sonrisa chiquita, guardando reserva y curiosidad, pues así enseñan las abuelas. El desconocido le ayudó a reunir el rebaño, y la tarde se hizo remanso.
Más tarde, cuando el fuego estuvo dispuesto, hicieron una pequeña ch’alla con chicha clara, para agradecer la jornada. No había promesa, pero la palabra tejió su propio camino en el humo.

El nido en los nevados
Una mañana, él le pidió que lo acompañara a ver el mundo desde más arriba. Subieron por senderos que muerden el vacío, siguiendo viejas marcas de paso; dicen que por allí, en tiempos antiguos, la gente caminaba el Qhapaq Ñan, esa red de caminos que unía pueblos y memorias. Llegaron a un acantilado donde las nubes nacen. Entonces el caminante desató del silencio su secreto: abrió los brazos, y el viento le prestó alas.
No fue truco ni engaño, sino acto de la vieja leyenda andina: el hombre se volvió cóndor, y en su lomo la pastora subió temblando de emoción y de miedo. El vuelo fue oración: abajo quedaron lagunas como espejos de obsidiana, quebradas donde duermen las sombras y parches de ichu arrullando al invierno. Arribaron por fin a un nido hecho de ramas y de años, incrustado en la roca como un recuerdo en el pecho.
Allí, entre plumas que olían a cielo y sol, la pastora aprendió el lenguaje del precipicio. Cada aurora él volvía hombre para conversar, y cada tarde retomaba plumas para recordar quién era. Vivieron un tiempo sin reloj, midiendo los días en vuelos y silencios. Los apus, con sus barbas de hielo, observaban desde lejos, y la Pachamama sentía en su hondura un nuevo latido.
Memoria de la tierra
Pero la tierra no olvida. La muchacha soñaba con el molino del río, con el olor de la lana recién lavada, con la voz de su madre encendiendo la olla de piedra. También el rebaño, sin su canto, se volvía nervioso como potrillo. Una tarde, la pastora miró al hombre-ave y dijo: “Hay caminos que se hacen de a dos, y otros que se caminan en círculo. Yo necesito tocar el suelo con los pies.” Él escuchó sin orgullo, porque quien conoce los abismos no desprecia el valle.
Rito de pactos
Para hablar con claridad, descendieron juntos al abra donde el viento hace de mediador. Allí extendieron una manta, y sobre ella dispusieron sus intenciones para la Pachamama, a modo de ofrenda. No fue cosa grande ni ruidosa, sino humilde y exacta, como la lluvia buena.
- Hojas de coca en k’intu, tres por tres, con sus nervios como pequeñas venas de la montaña.
- Un sorbo de chicha, derramado en la tierra como saludo y gratitud.
- Granos de quinua y maíz, semillas de futuro compartido.
- Un poco de lana de alpaca, suave como la promesa de abrigo.
- Dulces caseros, para que el día se endulce en la boca de los espíritus del lugar.
Ella habló en voz baja a los apus y a Inti, el sol que ve todos los caminos; llamó también a Mama Quilla, guardiana de las noches, y dejó que el humo de palo santo subiera como un puente. El hombre-cóndor, arrodillado, bajó la cabeza: entendió que amar no es atar, sino abrir las manos como alas.
La decisión en la cumbre
Al final del rezo, el viento cambió. Lo sintieron. Ella decidió regresar al pueblo, a sus labores y a su música, sin olvidar lo aprendido en el borde del cielo. Él prometió seguirla desde arriba, no como dueñidad, sino como cuidado. Se despidieron sin ruptura: el adiós fue tejido fino, y en la hebra quedó una pluma grande, negra con ribete blanco, que la muchacha guardó en su awayu como si guardara un amanecer.
Dicen que desde entonces, cuando el año gira hacia la fiesta grande, el cóndor traza círculos sobre la plaza donde la gente baila, y el aire trae un ulular de alturas. No baja a buscarla: la bendice con sombra buena. Ella, en su vida de valle, alza los ojos y le responde con un k’intu de coca y un sorbo de ch’alla a la tierra. Así mantienen el pacto, sin daño ni barro en la memoria.
Lo que guardan los caminos
Los viejos tramos del Qhapaq Ñan siguen ahí, con sus piedras calientes al mediodía y frías al alba, guardando secretos de pasos antiguos y cantos que no se pierden. Por ellos andan los ecos: el zumbido de las abejas de altura, el balido de las llamas, la conversación de las cholas en el mercado, el silencio enorme del cóndor al girar sobre el despeñadero. Cada piedra oye y recuerda; cada piedra sabe que no hay vuelo sin retorno a la mano que bendice el maíz.
Reflexión junto a las brasas
Por eso les digo, ahora que el fuego se hace brasita y la noche nos mira desde su poncho: cuiden lo que nos cuida. Honren la Pachamama con ofrendas sencillas y trabajos limpios; pidan permiso a los apus antes de quebrar un silencio. Si alguna vez ven una sombra grande cruzar el cielo, no teman. Hagan un pequeño k’intu, mojen la tierra con una gota de su bebida, y den las gracias. Que la leyenda siga corriendo como agua que encuentra su cauce, y que el legado de nuestro pueblo, su espíritu y su naturaleza, permanezca en equilibrio: alas que no olvidan la piedra, pasos que recuerdan el cielo.



